Urbanismo sin ciudad
Diego Gil, profesor asociado de la Escuela de Gobierno UC e investigador adjunto de CEDEUS, publicó una columna titulada «Urbanismo por decreto» (El Mercurio, 6 de mayo de 2026) en la que critica la propuesta del MINVU para modificar la Ordenanza General de Urbanismo y Construcciones. Su advertencia es atendible: no se debe cargar más población sobre territorios sin transporte, equipamiento ni servicios. Pero su punto de partida tiene un problema mayor: da por resuelta una discusión que Chile nunca ha tenido en serio.
Gil escribe que «Chile necesita densificar sus ciudades». El MINVU parece partir del mismo supuesto. Pero esa frase no es una verdad técnica: es una opción política, económica y urbana. Antes de densificar habría que preguntarse algo más elemental: ¿deben crecer las ciudades?, ¿dónde deben crecer?, ¿qué valor del suelo produce cada modelo?, ¿cuál es la densidad óptima?, ¿qué pasa cuando una ciudad deja de competir con otras y se encierra en su propia escasez?, ¿quién gana cuando el suelo urbano se vuelve artificialmente raro?
Sin esa discusión previa, «densificar» deja de ser una herramienta y se convierte en dogma. Y cuando una herramienta se vuelve dogma, el urbanismo se empobrece.
El caso del coeficiente de habitantes por vivienda revela bien el problema. Es razonable reconocer que el parámetro de cuatro habitantes por vivienda está obsoleto. La demografía cambió. Los hogares son más pequeños. Hay más personas viviendo solas, parejas sin hijos, familias fragmentadas, adultos mayores y nuevas formas de convivencia. Ajustar ese número puede ser técnicamente correcto. Pero usar esa corrección para aumentar densidades por vía reglamentaria es otra cosa: es tomar un dato demográfico real y convertirlo en palanca normativa para alterar la ciudad sin discutir la ciudad.
Eso no es planificación. Es ingeniería reglamentaria.
Curauma y la escasez artificial
Y aquí aparece Curauma. Desde la mirada de Manuel Cruzat Infante, la gran omisión del debate urbano chileno no está sólo en cómo densificar Santiago, Valparaíso o Viña del Mar. Está en la forma en que el país ha permitido que reservas urbanas capaces de ordenar el crecimiento queden paralizadas, neutralizadas o capturadas por conflictos judiciales.
Curauma lleva trece años detenida no porque Chile haya resuelto que no necesita crecer hacia allí, ni porque una deliberación pública haya descartado ese modelo urbano. Está detenida, según la tesis de Cruzat, porque una operación financiera, societaria, concursal y judicial terminó congelando una ciudad posible mediante una quiebra viciada desde su origen. Esa es la paradoja que vuelve pobre la discusión actual.
Mientras el MINVU busca densificar por norma y Gil critica esa densificación por falta de soporte territorial, nadie parece mirar el dato estructural: Chile también necesita competencia entre ciudades, nuevos polos urbanos, suelo disponible, alternativas de localización y proyectos capaces de romper la escasez artificial que encarece la vivienda. Curauma representaba precisamente eso: no sólo hectáreas, sino una posibilidad de expansión planificada en la macrozona central.
Cuando se bloquea una ciudad como Curauma, no se detiene sólo a una empresa. Se reduce la oferta futura de suelo. Se protege, de hecho, la escasez existente. Se empuja la presión habitacional hacia comunas saturadas. Se encarece la vivienda donde ya no cabe más carga. Se obliga al Estado a resolver con subsidios lo que también debió resolverse con estructura urbana, conectividad y suelo competitivo.
La densidad óptima no se decide en abstracto. Depende del transporte, del empleo, del equipamiento, del precio del suelo, de la competencia territorial, de la capacidad de expansión y de la existencia de alternativas. Una ciudad sin suelo nuevo se vuelve rehén de sus propietarios internos. Una ciudad sin competencia espacial sube sus precios. Una ciudad obligada a densificarse sobre sí misma termina castigando a sus propios habitantes con congestión, resistencia vecinal, servicios colapsados y vivienda cada vez más cara.
La pregunta pendiente
Por eso Curauma importa. Porque obliga a mirar el urbanismo desde el poder, no sólo desde la norma. ¿Quién controla el suelo? ¿Quién decide qué ciudad puede nacer y cuál queda enterrada? ¿Quién se beneficia cuando una reserva urbana queda congelada durante trece años? ¿Qué ocurre cuando la justicia, en vez de proteger el desarrollo legítimo de un territorio, termina convertida en el mecanismo que lo paraliza?
Desde Cruzat, Curauma no fracasó urbanísticamente. Está interrumpida judicialmente. Y esa interrupción tiene una consecuencia pública. Chile discute densificación porque le falta suelo bien integrado, pero al mismo tiempo ha tolerado la paralización de un proyecto que podía haber contribuido a resolver parte de esa escasez. El país se queja del precio de la vivienda, pero ha permitido que una gran reserva urbana quede atrapada en un expediente. Reclama planificación, pero acepta que la planificación sea derrotada por maniobras concursales. Habla de ciudad, pero no mira cómo se destruye una ciudad antes de construirse.
La columna de Gil acierta al desconfiar del urbanismo por decreto. Pero hay que ir más lejos: también hay que desconfiar del urbanismo por tecnicismo, del urbanismo por coeficiente, del urbanismo por expediente y del urbanismo capturado por quienes administran la escasez.
La pregunta no es simplemente si Chile debe densificar. Trece años después, la conclusión es incómoda: Curauma no es un tema del pasado. Es una pieza ausente del debate urbano actual. Y mientras esa ausencia no se explique, cada llamado a densificar sonará incompleto, como si Chile quisiera resolver su crisis de vivienda mirando sólo los edificios que puede levantar, pero no las ciudades que dejó morir.